Impresionado por la espectacularidad del monumento, y molesto por el ensordecedor ruido y mala educación de los turistas, me di la vuelta, pero no para tirar una moneda, sino para encontrar a alguien que entendiese perfectamente mi sentimiento, la maniquí de la tienda Benetton opinaba igual que yo, pero ninguno de los dos podía dejar de admirar la Fontana.

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